El juguete rabioso

Artículo publicado en la Sección Deportes de El País, el 3 de noviembre de 2008. Leer

El juguete rabioso: semblanza de Argentina de la mano de Dios

“Algunas veces en la noche yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito”. Roberto Arlt, El juguete rabioso.

Sabemos por experiencia que el fútbol es espectáculo, herramienta social de cisma esquizofrénico donde todo lo vivido se convierte en representación, que diría Guy Debord; que es una industria que mueve millones de dólares, euros, pesos o yenes cuyo objetivo declarado es que tantas personas como monedas observen impávidos desde el sofá, y a ser posible en canal de pago, a veintidós nuevos ricos corriendo en calzoncillos detrás de un balón; que es religión catártica y purgativa menos incómoda que una confesión o una lavativa, dónde va a parar, gracias a la cual solucionamos enconos y violencias de todo tipo, en lugar de sacrificando seres en lo alto de la pirámide insultando detrás de la alambrada o desde el palco de autoridades –todos somos iguales a los ojos del Señor– a Álvarez Izquierdo o al delantero centro que falla un gol cantado… Pero lo que aún desconocíamos era que el fútbol es a su vez un juguete rabioso que por ejemplo a Maradona le ha caído del cielo como el nieto que le traerá la cigüeña de París de la mano de Gianina y el Kun, cuando su deseo de ser seleccionador nacional de Argentina se ha cumplido en forma de regalo bendito, de capricho celestial que se le otorga al niño que más berrinches organiza en el patio del colegio para que deje de llorar.

Y es que la macro operación de mercadotecnia que supone su nombramiento oficial demuestra que el fútbol, más que un juego, es hoy en día un juguete de “tomala vos, dámela a mí”, de tira y afloja que, sin ir más lejos, le permite al héroe que el Diego fue reafirmarse en el cénit de su recuperación y dejar atrás definitivamente al mártir que también habita en él. No hay que olvidar, desde luego, que lo contrario del héroe no es el villano al que resulta preciso perdonar sus fechorías conscientes, sino precisamente el mártir que regresa agotado, derrotado, víctima de su propia ingenuidad al regazo amniótico de la madre, después de haberse visto obligado a claudicar en una lucha a muerte contra el padre en la que sólo triunfan los elegidos para vivir (en) la realidad.

Psicoanálisis y fanatismo freudianos aparte, pensemos que como una suerte de Absalón poderoso, terrible, bíblico, Maradona parece haber logrado detener el tiempo o, mejor aún, ha conseguido que el tiempo simule seguir su ruinoso curso circular para presentarnos ante las cámaras su inmensa alegría actual hirviendo de agua inventada, mientras desgarra a puñetazos ansiosos el papel que envuelve el presente añorado. Más juguete que juego, entonces, es la infancia y no el fútbol –aunque sean lo mismo– la que recobra protagonismo, la que palpita nuevamente en Argentina, estadio en el que se encuentra anquilosada una irrealidad inescrutable de la que el Diego formó y, por lo que acontece, sigue formando parte de manera visceral.

Porque probable, seguramente no exista un ejemplo más indicado para explicar la historia argentina reciente –la de hoy, con el mate, los bizcochitos de grasa y casi el cuarenta por ciento de la población por debajo del umbral de la pobreza según, claro, datos poco oficiales; la de ayer, con el facón y la picana ocultos bajo el poncho y pronto el filo para matar salvajes unitarios y mujeres embarazadas; la de mañana, con el Monumental abarrotado venerando al unísono el regreso triunfal del padre pródigo al grito de “Maradooo, Maradooo”– que el soma que todavía encarna en cuerpo y alma el Diego de la gente, personaje teatral esculpido en porcelana y volcán, persona real tallada en madera de héroe y de mártir que en estos días ha cumplido cuarenta y ocho años de edad y más de treinta en el “poder”.

Huérfanos de Perón, cuando debutó en Primera con esa carita de hermosísimo cronopio que tenía y le tiró el ya famoso “caño” a Cabrera nada más tocar la pelota, que no se mancha, Maradona llegó para quedarse. Cebado constantemente por los poderes fácticos de turno y por Grondona (que ahí sigue dale que te pego desde la Dictadura), en su genio y figura el Diego consiguió abducir la dualidad extrema de un país que murió durante siglos de las rentas sintácticas y bélicas que le ofrecía el lema “o estás conmigo o contra mí”. Así, tendiendo un espeso manto de neblina bajo el que se difuminaron las responsabilidades entre víctimas y verdugos, entre opresores y oprimidos, que diría Marx, la selva argentina se mantuvo satisfecha de impunidad.

¿Sobre cuál de los dos Maradonas se habrá montado, pues, esta excepcional operación de mercadotecnia? ¿A hombros del Diego niño, inocente, utilizado por el poder, exprimido como el limón con el que hacía “jueguito” en los entrenamientos? ¿O a horcajadas del Maradona adulto que necesariamente ya es y que por tanto sabe lo que hace y debe asumir las consecuencias de sus actos?

Si hay suerte, Lio seguirá jugando para el Deportivo Messi y tendrá que ir al banquillo, el Kun estará distraído pensando en qué nombre ponerle a su hijo y no será convocado y el Diego, Dios lo permita, Él lo quiera, no tendrá más remedio que volver a ponerse los cortos para demostrarnos una vez más que, a lo sumo, la muerte es un invento de la prensa.

Pablo Nacach

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