Autorretrato (1996-1998)

AUTORRETRATO (1996–1998)

 

“Pero la tierra no es una mentira, aunque el hombre delire recorriéndola y le exija lo que no tiene y la bautice con nombres paradojales. Es lo más seguro bajo el pie y bajo la espalda, cuando ha concluido la marcha. Es lo que afirma que vive al posar sobre ella las patas y al alimentarse. La tierra es la verdad definitiva, la primera y la última: es la muerte”.

 

Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa.

 

Buenos Aires es una ciudad extraña, tanto más para aquellas almas cuyos sentidos se ven potenciados por la inquietud y la curiosidad: para el turista todas las orbes del mundo son la misma fotografía instantánea o idéntica tarjeta postal. Todas las ciudades son extrañas para el viajero irredento, pero desde la ventanilla del avión que después de dos años de ausencia pretende depositarme sin más en la ciudad que me ha visto nacer y crecer, y que ahora mismo aletea girando sobre sí mismo y sobre el inmenso Río de la Plata –casa dulce sin puertas al Atlántico– puede ya avistarse, descansando siempre alerta por siglos de ignominia, el espíritu que recorre las calles y los sueños de los habitantes de Buenos Aires: la infinita llanura pampeana. Desde las alturas se divisa una única y larga pista de despegue y aterrizaje –que bien podría ser también la Avenida Rivadavia, esa travesera porteña larguísima que recorre la ciudad de punta a punta, trazando quizás una frontera imaginaria contra el malón y contra el gaucho o edificando el impulso de un puente de regreso a Cádiz o a Nápoles–, pista de entrada y huída que se instala en el espejismo de ese mar verde para el que los conquistadores del siglo XVI no supieron fabricar barcos. Porque, bien miradas las cosas, las napas subterráneas que dominan el humus más fértil de cuantos se hayan descubierto en el mundo impone su verdad a la ciudad de Buenos Aires, que aún hoy ofrece la espalda a su propio destino interior auscultando con ojos embelesados y avariciosos las comodidades de la vieja Europa. Atrapados entre ambos mares, el verde y el dulce, los conquistadores de ayer y los argentinos de hoy (y viceversa) sólo encontraron una forma de conjurar tal corriente de estaticidad óptica y corporal –nadie es libre de tener ojos en la nuca–. Alimentando su más profunda vena de solitariedad, como el desconfiado que ve la luz blanca de la muerte y la confunde con una vela encendida al final del túnel, fueron superponiendo al suelo fértil de la pampa los horrores de las cárceles de los Reyes Católicos; construyendo, gracias al endeudamiento irresponsable, encima de un suelo al que nada quisieron preguntar proyectos urbanísticos a base de adoquines, hormigón armado, hipódromos, ejércitos desproporcionados, chabolas de techos de zinc, fútbol y tango; superponiendo a los hombres de acción de la Conquista otros ya autóctonos pero siameses en su furia, desaprensión y vileza; importando una tras otra las principales líneas de pensamiento que Europa desechaba por añejas u obsoletas organizando así, salvo excepciones, un pensamiento desacertado en contenido y en continente; en definitiva, los conquistadores de hoy y los argentinos de ayer (y viceversa) fueron ofreciendo al olvido y la estupidez –que siempre regresan como fantasmas– una de sus mejores armas: el tiempo que pasa y ya no puede volver.

Buenos Aires es una ciudad extraña, y quizás lo es aún más para mí. O lo es de un modo diferente. Corría el año 1996 y me fui, como tantos otros hermanos de sangre y de dermis, a desandar caminos, a preguntar desde afuera, a tomar distancia para pensar y aire para respirar, a hacer lo que quería intentar aunque no supiera exactamente qué era lo que me apetecía soñar, desperezándome cada día en pesadillas de insomnio nocturno. Ciudad incestuosa por naturaleza, caníbal, seductora e infiel, la cabeza de Goliat (como llamó Martínez Estrada al monstruo porteño que vivía de un cuerpo argentino fatigado) agotó mis energías de juventud y no tuve más remedio que marcharme, preso de una disyuntiva terrible, a vida o muerte, a vida y muerte. Donde podía leer con claridad, me colocaba unas gafas oscuras; donde el silencio era parte de mí, organizaba fiestas ruidosas como tapaderas; donde la lucidez me llevaba de la mano, yo atiborraba mi ser de preguntas irrelevantes. Busqué distintos disfraces para moverme con calma en aguas tan agitadas pero ninguno funcionaba como vestido, hasta que encontré uno que al menos me permitiría escapar: la del estudiante modélico con posibilidades de hacer carrera académica en el exterior.

Recalé por tanto en Barcelona, donde la Universidad había aceptado mi solicitud para hacer allí el doctorado, y pasé en la Ciudad Condal dos años difíciles, austeros, disciplinados, casi como si en lugar de haber llegado a Barcelona para hacer un doctorado me hubiera recluido voluntariamente en un hospital para almas que piensan demasiado, y que piensan mal. Leía mucho, escribía no tanto como hubiera querido, paseaba por la ciudad intentando apreciar sus distintas capas de maquillaje edilicio –Barcelona es una señora mayor atiborrada por liftings y un acuciante temor al ridículo–, modificaba mi idioma que ya no es el mismo –dos años sin decir che, ni boludo, ni mamá pasan factura al idioma y seguramente también al lenguaje–, me aferraba a mi soledad perseguida como si fuera la más importante de mis libertades civiles. Pero durante esos dos años no llegué realmente a Barcelona. Simplemente vivía en una ciudad que era mi negativa a vivir en Buenos Aires, mi contra–Buenos Aires, con mi ropa todavía en las maletas que hacían las veces de armarios empotrados en cada una de las habitaciones en las que me dolía de mí mismo, dando la impresión de la precariedad que al inmigrante impone ser antes que eso un emigrante.

Visto hoy, desde la perspectiva que ofrecen a la conciencia los años transcurridos y las vicisitudes pasadas, aparcadas las preguntas sin respuesta sobre la conveniencia de revolverse, adaptarse, integrarse o volver, sosegadas las inquietudes de conocer el largo viaje que mis abuelos habían emprendido a principios de siglo desde la Cataluña del hambre hacia la Buenos Aires de las oportunidades, y sobre todo ahogadas las dificultades egocéntricas en las noticias del telediario que muestran sin inmutarse a los verdaderos emigrantes, hombres, mujeres y niños desesperados muriendo como peces sin aire en las pateras y en el Estrecho, podría decir que, después de pegar tantos portazos, he conseguido finalmente cerrar suavemente mi puerta con Buenos Aires. Y gracias a ese sombrío hospital que para mí se llamó Barcelona, pero que podría tener todos los nombres, ahora la reconozco en sus furias piadosas, en sus engaños consuetudinarios, en su evaporada prestancia de antigua capital tan inservible como insustituible del aún presente Virreynato del Río de la Plata.

Quisiera aclarar algo importante: yo nunca fui un exiliado, aunque en muchas ocasiones me haya confundido ese cóctel peligroso que forman la vanidad y la banalidad. Nadie me expulsó violentamente de Buenos Aires con una amenaza de muerte, y siempre hubiera podido volver sin que algún militar asesino de Historia se viera impune para pegarme un tiro. El exilio es otra cosa, supongo, mucho más duro y tenebroso, atado siempre a la imposibilidad de regresar, a la miseria de recordar a los amigos y familiares asesinados o desaparecidos, a la locura de empezar sin ganas una vida nueva, a salvo. Ausentes de sus cuerpos y sus mentes, sólo Dios sabe lo que habrán sufrido los exiliados de la dictadura argentina y de tantas otras dictaduras mellizas, y qué maniobras elementales habrán tenido que llevar a cabo para sobrevivir a la muerte nunca del todo lejana.

Afortunadamente no es mi caso, y cuando por la ventanilla del avión que pretendía depositarme sin más en Buenos Aires tras dos años de ausencia divisé aquella llanura enigmática arrasada sin permiso por un aeropuerto que es la última estación de la línea que conduce al Sur, el tiempo se detuvo un instante eterno y en mi mente se instaló un observatorio similar al Aleph pero con Jaromir Hladík de protagonista, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. Observé así un movimiento continuo que comenzaba, no me pregunten por qué, en mi primer recuerdo no rescatado de las frías aguas de la fotografía, aquel salón enorme que sobre mi pequeñez de niño pesaba toneladas de oscuridad, mientras mi dolor y yo esperábamos a que mi madre viniera a recogerme pues me había roto una pierna jugando al fútbol con mis compañeritos de jardín de infantes, y terminaba hace dos años en el mismo aeropuerto al que estaba llegando, llorando despedidas, adioses, escribime o cuidate mucho, mientras subía más temeroso que temerario la escalera mecánica que me conduciría a Europa.

Dice Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos, al menos así lo he leído en el ejemplar que tiene Mariángeles en su casa (porque ella tiene cosas que otros no imaginan siquiera que puedan llegar a existir), que ser argentino es estar lejos. En efecto, no sabría decir muy bien por qué pero aún viviendo en Argentina uno está lejos de Argentina, y quizás Rayuela sea simplemente una explicación a esa surreálisis nacional, Rocamadour, bebé. Si esa frase del hermosísimo cronopio padre era todo mi equipaje, cuando en aquella primavera austral de 1998 regresaba a Buenos Aires me di cuenta también que la cámara de fotos se revela inapropiada para el viajero que huye. Tampoco sirven demasiado las técnicas en movimiento que el cine pone al servicio de la imagen y del tiempo. La memoria arde en busca de equilibrios imposibles, fijos, estáticos, porque no quiere morir, pero –pensaba– las arrugas que en estos dos años de ausencia habrán invadido la frente de mi padre o las canas de mi madre borrarían de un plumazo de la faz de la tierra todo atisbo de posibilidad de encontrar los mismos secretos en el baúl de siempre. Nada más pisar tierra firme, todo lo que la imaginación idealizada ha pensado se desacomoda inoportunamente, y lo que uno aprende en ese instante es que en realidad ha mudado de ojos como la serpiente muda de piel. Acechado por las miserias del paso del tiempo, sólo queda al vacío interior el mejor de todos los recursos de supervivencia: apelar a las emociones. Y las emociones nunca fallan.

Porque yo intuía perfectamente lo que podía suceder con mis pensamientos, a veces tan opuestos a la ternura. Quizás no sentiría ya las calles de Buenos Aires como propias, y salir de la boca del subterráneo sin la orientación suficiente para saber si para la derecha quedaba la Facultad en la que había estudiado seis años de mi vida o el hospital donde había nacido el primer hijo de Labaké supondría un mareo semejante al del marino que en la taberna del puerto echa de menos el bravo oleaje del mar. Comparar el orden de una Barcelona europea en contraste con el caos de tráfico, bocinas y carteles publicitarios gigantescos que tapan todo lo que se entromete con ellos, incluso fagocitando a la ciudad latinoamericana que es Buenos Aires, supondría un shock casi levítico. Decir tú en lugar de vos, vale en lugar de bueno, tío en lugar de pibe tampoco ayudarían a que me sintiera como en casa, en casa. Caminar con paso lento y ligero, intermedio entre el paso del turista y el del habitante que llega tarde a su tercer trabajo del día me convertirían en un observador despistado, casi extranjero, extranjero quizás.

Pero andar sin pensamiento es tan importante como pensar bien, con un tempo único y sobre todo propio, por lo que mi ocupación principal en Buenos Aires, en esos días de primavera clara y diáfana, iba a ser dedicarme a abrazar a mi gente y a mis emociones. Miraría fijamente a los ojos aún rasgados de los hijos de mis mejores amigos, que habrían nacido para mí entonces, con dos años cumplidos, y de reojo apreciaría la sonrisa de sus padres, que con su amor incombustible tantas veces me habían salvado literalmente la vida, hoy. Altieri me diría estás entero; Santi que me veía bien; Hernán que el hueco que había dejado no lo iba a poder llenar nadie; el Negro que no volviera a Buenos Aires que era un infierno (una lágrima se convertiría en sudor para despistar); Javi no me diría nada porque no haría falta; Francisco me diría bienvenido a casa (y tocaría una canción con su guitarra para despistar). Y yo descubriría que mi soledad barcelonesa y mi persistente trabajo cotidiano de autocuración –es el único modo que encuentro de describirlo– habrían dado frutos dulces y maduros: por fin iba a poder dejarme llevar por las emociones, que nunca fallan.

Una marea de aplausos por parte de los pasajeros se desató cuando el avión tocó tierra argentina, y aún pude tomarme un respiro para terminar de leer el libro que me acompañaba en ese viaje al interior de mí mismo. En las páginas de El idiota, Dostoievski terminaba su verborrágica ferocidad literaria y filosófica diciendo algo así como que “Europa es un sueño inútil”. Algún día recapacitaré sobre si eso es lo que en realidad me sucede, pero mientras tanto, desabrochándome el cinturón de seguridad y con el corazón palpitante de emoción, pensé que algún día sería una buena idea dibujar lo que en este relato he intentado sacar a mis entrañas, ocho años después de aquello: una pequeña huella del mapa de mi fuga porteña.

 

 

Pablo Nacach, Madrid, septiembre de 2004

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