Polaroid

POLAROID

 

Llueve a gritos en Madrid. Los espesos nubarrones de hoy cierran el paso a las frágiles estrellas de ayer, cuando el cielo de la ciudad parecía abrirse escuchando, cual avezado psicoanalista, las penas de amor de sus habitantes. Mira por la ventana e intenta pedirle ayuda a su imaginación para convertir el edificio de enfrente en lejano firmamento, y a esa luz que se enciende en una estrella, pero se tratará seguramente del antojo de una vecina que ha preferido poner otra cucharita de azúcar a su café. Ha llegado el invierno, una vieja estufa calienta su cuerpo y una copa de vino de Rioja templa su espíritu, mientras los libros se balancean como indecisas hojas de enredadera que no saben si cubrir las paredes de la biblioteca o dejarse caer de una vez por todas al suelo. La voz de Caetano Veloso completa el tono melancólico de un escenario que Francisco quisiera transformar en burbuja, para abstraerse y rematar, ya va siendo hora, el final de su última novela. Para colmo de males, tampoco lo convence demasiado el título, soso y sin chispa. Sabe por experiencia propia que el abismo más pequeño es el más difícil de salvar, pero le resulta imposible evitar la angustia creativa que lo invade, y no hace más que dar vueltas sobre sí mismo maldiciendo el bendito momento en que se le habrá ocurrido la idea de escribir una novela cuyos protagonistas emprendieran juntos un viaje iniciático alrededor del mundo. Apaga el ordenador, apura la copa de vino y escoge al azar un libro de la biblioteca para distraerse un rato antes de volver a enfrentarse al calvario que lo lleve al punto final.

 

***

 

Santiago aterrizó en la sofocante Tel Aviv y mientras lo veía descender por la escalerilla del avión de El Al que lo había traído desde Bruselas, Javier pudo descubrir el truco utilizado por su gran amigo para ocultar toda emoción: cansancio, miedo o soledad se esfumaron repentinamente al ver su brazo agitarse saludándolo, merced a una inmensa sonrisa que, cual resorte escapando a su destino espiralado, se dibujaba en su cara inundando la inmensidad con su alegría. Era fácil comprender por qué ninguna mujer, fuera de la nacionalidad que fuera y tuviera la edad que tuviera, podía oponer la más mínima resistencia a sus encantos, a él incorporados vaya uno a saber por qué misterio de la naturaleza o de la genética. El disfraz es anterior al vestido, pensó Javier, y tras fundirse en un abrazo que no por repetido resultaba menos fraternal (era la segunda vez que volvían a encontrarse en los seis meses que duraba su viaje alrededor del mundo), partieron rápidamente hacia Eilat. Esa misma noche Javier tenía que presentarse a las puertas de la fábrica de harinas en la que volvería a trabajar catorce horas, impregnando de aburrimiento y de aceite las bandejas crematorias donde luego se cocinaría el pan nuestro de cada día.

El autobús estaba ocupado casi en su totalidad por jóvenes que realizaban el servicio militar obligatorio, la tzava. Iban cantando, alegres, confiados, despreocupados a pesar de que su destino era la franja de Gaza, donde la Intifada se había recrudecido en las últimas semanas. Javier le susurró al oído a Santiago que ya se acostumbraría a ver militares por todos lados, pero su atención estaba puesta en unos hombres que dormitaban en los asientos contiguos. Eran judíos ortodoxos, seguramente colonos de algún asentamiento de la zona, y sus barbas crecidas –según creo, explicó Javier dándose ínfulas de sabio en cuestiones religiosas, por mandato de uno de los 613 mitzvot de la Torá–, los tefilim de cuero rodeando sus brazos y los largos rizos cayendo bajo las alas de sus negros sombreros habían hipnotizado completamente a su amigo. Santiago le preguntó cómo sabía tantas cosas y Javier le relató su increíble experiencia en Jerusalem, donde había vivido dos semanas en una Yeshivá tomando clases de hebreo e historia del judaísmo… ¡a doscientos metros del Muro de los Lamentos! Pero como todavía lo miraba incrédulo y Javier no encontraba la forma de transmitirle toda la magia que le había producido vivir en aquella ciudad, epicentro de las tres grandes religiones monoteístas del mundo, sacó de la mochila el libro de Pierre Loti, regalo de Eduardo, un encantador mexicano de ojos profundos y pómulos afilados que parecía sacado de una pintura de Orozco, y cual poeta místico recitó: “¡Jerusalem! ¡Qué esplendor mortecino, el de este nombre! ¡Centellea desde el fondo del tiempo y del polvo, de modo tal que casi creo profanarlo colocándolo aquí al frente del relato de mi peregrinación sin fe!”.

Minuto a minuto aprovecharon las cuatro horas que duró el viaje hasta Eilat para ponerse al día. Javier le contó que había limpiado cristales en las tiendas de la calle comercial de Petah Tikva, ganaba 50 shekels diarios pero lo había dejado para irse a Jerusalem, y cuando comenzaba nuevamente a divagar sobre lo ocurrido en la Yeshivá Santiago lo interrumpió, era su turno, para decirle que él había trabajado en la cosecha de la fresa en un pueblito cercano a Amsterdam, donde se había dado cuenta de que su espalda no estaba hecha para esas lides de rudos vikingos. Entonces se marchó a casa de Myriam en las afueras de Bruselas, una hermosa jovencita que conociera en Venecia, donde disfrutó de la vida (y de Myriam) hasta que su madre, punto de contacto entre ellos cuando se separaban, le avisó que Javier estaba en Israel esperándolo con un trabajo fabuloso. Y aquí estoy, concluyó sonriente, deseoso de vivir como un sultán a orillas del Mar Rojo y ahorrar todo el dinero posible para que sigamos viajando.

 

***

 

Casi no puede abrir las amarillentas páginas de Jerusalem, pegadas como están por el paso del tiempo: los libros necesitan ser leídos para estar vivos. Se alegra de haber dado con él, una edición de 1936 que creía fatalmente extraviada en algún camión de mudanza de su, aún, incierto peregrinar por el mundo. Un recuerdo asaltó entonces su memoria con la fuerza que tal vez tendría un Dios griego condenado al destierro por sus pares del Olimpo: era el libro que, hace ya veinte años, le había regalado su amigo mexicano en la Yeshivá de Jerusalem. ¿Cómo había podido olvidarlo? Instantáneamente, su cerebro le dio la orden de reflexionar sobre lo rápido que pasa el tiempo y que es mentira que, como dice el tango, siempre se tienen veinte años en un rincón del corazón, cuando un suceso que sólo podría pertenecer al animismo obligó a Francisco a interrumpir todo pensamiento y a cobijarse en el reino de los sentidos. Poseída, como si tuviera vida propia, de las páginas ajadas del libro saltó una fotografía Polaroid algo chamuscada, instalándose sin pedir permiso en esa rendija que se encuentra a mitad de camino entre el alma y la imaginación.

Tumbado en el sofá, sus azoradas pupilas se posaron en una tienda de campaña de un color naranja desgastado, con techo a dos aguas y frágiles parantes que apenas son capaces de sostenerla en pie. Es tan pequeña que resulta inverosímil pensar que dos personas puedan dormir juntas allí. Dentro se intuyen dos mochilas, una azul marino y otra roja, y unos sacos de dormir asomando sus cabezas como pidiendo oxígeno para respirar. Un camping gaz, una botella de agua, un par de zapatillas viejas, una toalla amarilla, una cacerola. Detrás, el Mar Rojo y las costas de Jordania imponen su ley paisajística a la postal, sólo alterada por la silueta de un bar que se adivina a lo lejos. A un lado de la tienda, la sonrisa inmensa de un joven apoyado en el parante delantero con la actitud de quien, en lo alto del mástil de un barco que surcara mares tenebrosos, está ansioso por divisar tierra. ¿Es un niño o un gigante? Abrazado a él, otro joven, de aire melancólico, llevando al hombro una gran bolsa transparente en la que se pueden ver panes y rollos de papel higiénico.

Francisco encendió el ordenador y se abalanzó sobre él, apuntó la palabra Polaroid bien grande en la primera página, respiró profundamente y escribió.

***

 

El fabuloso trabajo consistía en recoger las colillas de los cigarrillos en un bar de la playa. Una mentira piadosa, le dijo Javier, tenía ganas de volver a verte. El enfado de sentirse engañado se le pasó enseguida y Santiago comenzó a disfrutar de su nueva situación: en definitiva, sentenció, viajar es ser marioneta y titiritero a la vez. Vivían en una zona apartada de la playa, distante doscientos metros de la frontera con Jordania y a quince minutos andando del centro urbano de Eilat, en una tienda de campaña que a Javier le había regalado un chico peruano que se iba al invierno de Japón y ya no la necesitaba. La seguridad –aquello no era precisamente una urbanización de lujo– estaba a cargo de todos sus habitantes: una pareja de enamorados chilenos, un brasileño que por todo equipaje tenía un saco de dormir, dos jóvenes árabes que trabajaban en la construcción y Dante, un hombre de mediana edad que vivía en un edificio abandonado cercano, y cuya nacionalidad nunca pudieron conocer ya que apenas hablaba y sus rasgos podían pertenecer tanto a un antiguo faraón egipcio como a un aristócrata francés del siglo XV. Constituían una verdadera pandilla –bromeaban con que eran miembros de alguna logia secreta o militantes de la Comuna de París de 1871–, y la solidaridad iba forjando aquellas amistades incipientes, ya que además todos aportaban al colectivo lo que buenamente alcanzaban a recolectar por ahí: Javier traía pan y papel higiénico para todos; Santiago, los cigarrillos a medio apagar que juntaba en el bar y alguna que otra botella de whisky; el chileno regalaba los placeres que le sonsacaba a su guitarra y su novia las canciones de Violeta Parra. El único personaje temido era Shlomo, un hombre parco en palabras, de complexión fuerte que, cual mendigo desconfiado y tacaño, iba acumulando enseres y cajas en el interior de una vieja barcaza encallada en la arena a escasos metros del mar. En ocasiones se acercaba a los fogones improvisados que los amigos compartían, borracho y pestilente, e intentaba incordiar con sus malas maneras, aunque más allá de esos episodios desagradables pero efímeros poco contacto mantenían con él.

Su vida en Eilat transcurría con normalidad hasta que un día los acontecimientos se precipitaron con la vertiginosa velocidad que pone en duda si la vida es sueño o vigilia. Una tormenta impropia del verano del Sinaí cortó la cuerda que sujetaba en tierra la barcaza de Shlomo, que minutos más tarde parecía saludar orgullosa, arribando a las costas jordanas de Aqaba, tras haber conseguido liberarse de su tiránico dueño. Resguardados de la lluvia bajo el alero de un hotel de lujo, Javier y Santiago observaban el espectáculo a la distancia con cierta íntima satisfacción, cuando de repente vieron llegar a Shlomo enrojecido por la cólera que, tras maldecir al cielo en idiomas quizás emparentados con los que hicieron fracasar la construcción de la Torre de Babel, roció con gasolina las tiendas de campaña, encendió solemnemente una cerilla y, en la fracción de segundo que duró la aterrada mirada de los dos amigos, las llamas devoraban ya aquella pequeña Roma improvisada.

Javier y Santiago corrieron a toda prisa hacia la playa. Mientras el brasileño se liaba a puñetazo limpio con Shlomo hicieron una primera estimación de los daños materiales. Era sencillo: descontando la ropa que llevaban puesta y el libro que Javier aferraba en sus temblorosas manos, no les quedaba absolutamente nada. Dinero, pasaportes, mochilas, billetes de regreso, todo había ardido en la quema purificadora. Los restos carbonizados eran apagados lentamente por los últimos coletazos de la tormenta, el humo subía perezosamente al cielo y el llanto de la enamorada chilena se mezclaba con los dulces sonidos de la guitarra del novio que intentaba poner música a la desgracia. El Mar Rojo se había teñido de un color gris plomizo sobre el que se posaba, tímido, un delgado rayo de sol que luchaba por abrir el cielo encapotado. Dante se presentó con una botella para ofrecer un amargo trago de whisky a la salud de los sobrevivientes, que en medio de semejante delirio percibían que el viaje tocaba ya a su fin.

De pronto, como si de una aparición se tratara, convocándolo desde las cenizas, Santiago identificó la punta de un objeto que a duras penas mantenía su formato y dignidad original, sobresaliendo por debajo de una cacerola. Se acercó con cuidado para no quemarse y cogió entre sus dedos la fotografía que se habían tomado ayer mismo, en donde se les veía sonrientes, abrazados a su amistad y a la tienda de campaña que había sido su hogar. Frotándose los ojos ante el milagro presenciado, Javier tuvo tiempo de prestar atención al monólogo interior de Santiago, que a viva voz afirmaba que viajar es una sensación imposible de bocetar porque se imprime a cada paso, que es inútil pretender sacar copias si el negativo no existe, como el único testigo que tenemos, querido amigo, para recordar que nuestro viaje alrededor del mundo existió: esta chamuscada Polaroid.

 

 

Pablo Nacach, 14 de noviembre de 2005

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