El primer viaje

EL PRIMER VIAJE

 

Por Pablo Nacach

 

Amanece que no es poco en Buenos Aires y un frío que cala los huesos corta con aceradas tijeras el rostro de los habitantes porteños para dibujarlos, para petrificarlos en un molde cuyo escultor auténtico no es el frío sino la terca humedad rioplatense. La fina lluvia que comienza a garuar y la bruma que ha decidido acompañarla completan una estampa de sensación térmica bajo cero que lava la cara del ambiente, sí, pero que impiadosa elimina también la barrera artificial del gamulán que Javier le ha pedido prestado a su padre y del sweater de lana de alpaca que su abuela le ha tejido especialmente para la ocasión, entrando sin pedir permiso a través de sus poros para acurrucarse en un esqueleto que ha mutado en tersa piel, y parece negarse a sostener la ansiosa humanidad de un adolescente que está a punto de hacer realidad su acariciado sueño: viajar solo por primera vez.

Desconoce el motivo por el cual esa necesidad viajera y esa imposición de soledad han venido a buscarlo, hace un par de meses, para hacerse presentes en cuerpo y alma en la cabeza de sus dieciocho años recién cumplidos. Intuye sin embargo, o más bien quisiera intuir a la incipiente pasión viajera que lo libera como el santo y seña particular de una incalculable fortuna heredada de su abuelo paterno Isaac, que en un lejano día de 1905 huyó de la remota Damasco siendo aún un niño y que, dos años después, quién sabe cómo logró atracar sus deseos de libertad en el puerto de Buenos Aires, bajando decididamente a salvo por las escalerillas del Prinsessan Ingeborg, un barco de bandera sueca en cuya pestilente bodega había cruzado el Atlántico como polizón.

Esperando en la parada del autobús que lo llevará a la primera estación de su primer viaje, la terminal de trenes de Constitución, revisa mentalmente el contenido de su última adquisición, una mochila de la marca Fugate roja fabricada a mano por un andinista al que la inexpugnable cara norte del cerro Fitz Roy congelara para siempre los dedos de ambos pies, y que ahora anidaba en una lúgubre cueva del barrio de Saavedra, diseñando un exquisito material de montaña bajo la inspiración de sus obsesiones escaladoras truncadas. Como debe ser, Javier ha llenado el flamante continente con lo imprescindible y ha quitado luego la mitad: la ligereza hace al viajero tanto como hace al viaje. El dinero y el carnet de identidad, en la riñonera que cuelga sobre su cintura; olla y cantimplora se bambolean amarradas a las cuerdas exteriores de la mochila que será su hogar durante la próxima semana; un paquete de arroz, otro de polenta, café, un puñado de azúcar, otro de sal y una lata de sardinas atiborran la que será su despensa ambulante durante los futuros siete días; la navaja suiza y la linterna están atadas y bien atadas al cinturón del pantalón tejano que lleva puesto; walk-man y cintas de sus grupos de rock preferidos, Serú girán y Pescado rabioso, en los bolsillos del gamulán; el saco de dormir, perfectamente enrollado; tres camisetas, ropa interior abrigada, un chándal impermeable con el escudo de Boca Juniors, el club de sus amores…

La Cordillera de los Andes aguarda, quizás Bariloche, Mendoza tal vez, por qué no Esquel. “Ojalá pudiera tomarme más de una semana para este viaje”, piensa animado, mientras recuerda el libro que lo acompañará en su iniciática travesía: Rayuela, de Julio Cortázar, que según Mariángeles, su profe de Literatura del instituto, podrá ayudarlo a comprender que entre el ayer y el mañana existe un delgado velo que sólo puede correrse a golpe de decisiones personales, tomadas siempre desde el hoy más cercano.

 

***

 

En la estación de trenes de Constitución creyó sentirse Balder, el protagonista de Amor brujo, la novela de Roberto Arlt que acababa de terminar de leer: los altísimos techos en forma de cúpulas, resabios de una arquitectura omnipotente que pretendió erigir al siglo XIX a las alturas del único existente; las personas que, como hormigas asustadas, iban de un lado a otro con pesadas maletas cargadas de vacías fantasías; el murmullo monocorde del hall contrastando con el estrepitoso bufido de las locomotoras, desbocadas como caballos de carreras impacientes por salir de sus gateras…

Presuroso, Javier se acercó a la ventanilla en la que un cartel informaba que en ella se expendían billetes para “trenes con partida inmediata”. Se dijo entonces que su destino lo elegiría el azar, y la única regla que utilizó para acorralarlo fue una que lo obligaría a tomar el primer tren que se dirigiera hacia la Cordillera. “El expreso a Esquel sale en diez minutos, son 40 pesos sólo ida”, le espetó tajante el hombre de traje gris de la ventanilla. Pagó el billete, se metió el dinero del cambio en el bolsillo del pantalón, fue al baño y rápidamente se personó en el andén número tres, donde el tradicional grito de “viajeros al tren” del operario lo recibió alertándolo de que él era el último pasajero.

Lo de tren expreso parecía una broma de mal gusto, porque el viaje a Esquel duraba un día entero, 2.000 kilómetros en los que gradualmente ese mar verde que es la pampa más pura se fusionaría con la más áspera estepa patagónica, espectáculo de luces sin sonido que podría degustar desde la ventanilla de su asiento de clase turista. Pero mientras se preparaba para hurgar oníricamente en sus planes de viaje, con la euforia del que cree que el verdadero explorador no necesita brújula ni mapa, Javier comprendió que Luzbel también sabe vestirse de guía turístico: tras arrellanarse en su asiento de madera como si se tratara del sofá de un salón llamado Mundo, se percató de que le faltaba la riñonera en la que llevaba todo el dinero y su carnet de identidad.

¡Se la habían robado en el servicio sin que se diera cuenta!

 

***

 

La euforia puede trocar en desesperación en cuestión de segundos, y esa fue la primera lección que Javier aprendió en su primer viaje. Pero controlarla resulta fundamental cuando uno sabe que, en el viaje de la vida, lo único realmente irrevocable es estar muerto. El tren seguía su pesada marcha y Javier hizo cálculos con la velocidad de quien se siente acorralado por la adversidad: en el bolsillo del pantalón le quedaban los 10 pesos de cambio del billete, más unas monedas sueltas que encontró en un bolsillo del gamulán. Total: 13 pesos con 13 centavos. “Hasta con los números tengo hoy mala suerte”, se dijo. Preguntó al revisor cuál era la primera parada del tren y tampoco esta información consiguió templar sus ánimos: era Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa, un sitio suficientemente lejos de su tranquilidad. Se desmoronó sobre el asiento, esta vez objeto inerte más semejante a una silla eléctrica a punto de ser encendida que al sofá universal desde el que, hace un instante, Javier sentía que era posible mirar todas las cosas desde todos los ángulos, y entre resignado y nuevamente eufórico pensó: “Ahora comienza la verdadera aventura”.

Confundirse con el escenario es la primera regla a cumplir cuando el guión no parece acomodarse a nuestras expectativas vitales, y eso fue lo que intuitivamente hizo Javier en las horas que le quedaban al tren para llegar a Esquel. Había decidido llegar y comenzar inmediatamente su regreso a Buenos Aires en calidad de lo que fuera: de polizón en algún tren de mercancías, haciendo auto-stop por carreteras secundarias, trabajando en algún bar por la comida del día y la cama de la noche… El desánimo iba pasando ya, porque la furia huracanada que le proporcionaba sentir que estaba, ahora sí, enteramente solo en su búsqueda interior, lo alentaba a hacerse amigo íntimo del azar que le había jugado esta mala pasada.

Cuando finalmente pudo volver a su eje, Javier se percató que una chica lo miraba, parapetada en sus ojos de color miel: Romina tenía veintidós años, había nacido en Esquel pero vivía desde hace tres años en Lomas de Zamora, en cuya universidad pública estudiaba Medicina, y se dirigía a la ciudad que la había visto nacer y crecer para visitar a sus padres. Tras las presentaciones de rigor, Romina y Javier hablaron de lo divino y lo humano durante horas, durante siglos, milenios en los que compartieron sardinas enlatadas y se entonaron con un par de tragos de ron que les calentó el gargüero y el verbo, y así fueron comiéndose el mundo a trocitos y cambiándolo cada cinco minutos con trazos dignos del pincel más furioso.

A todo esto, Javier ya contaba con un sitio para quedarse a pernoctar en su primera noche en Esquel: el almacén del comercio de ramos generales –un pequeño supermercado– propiedad de los padres de Romina. Y, por si fuera poco, ella estaba prácticamente segura de que, al menos una vez por semana, Mario, el proveedor del super, realizaba el viaje Esquel–Puerto Madryn en su camión. Las tornas comenzaban a cambiar para Javier, y Romina no sólo tenía miel en sus ojos sino también en la mirada de su corazón.

 

***

 

Llegaron a Esquel con un retraso de casi cuatro horas, más de un día de viaje a lomos de un tren cuyo traqueteo sirvió de música a sus conversaciones y a sus silencios. Los padres de Romina estaban trabajando en la tienda, de modo que aprovechó para enseñarle el centro de la ciudad a Javier. Esquel no tenía secretos para ella, pero al parecer tampoco podía ocultarse a la vista de nadie: la ciudad era en realidad una larga calle principal encargada de atraer a su paso la escuelita primaria, el cuartel de policía, el pequeño hospital, la gran iglesia…

Sobre las ocho cenaron todos juntos. La madre de Romina había acondicionado el almacén para que Javier pudiera dormir allí y, además del delicioso puchero patagónico de la cena, entre las buenas noticias le confirmaron que Mario partía mañana mismo hacia Puerto Madryn: 600 kilómetros separaban ambas ciudades, casi la tercera parte del viaje de regreso a Buenos Aires le iba a salir gratis. El problema era que esta vez a Mario lo acompañaba toda su familia, por lo que si estaba de acuerdo debería viajar en la parte trasera del camión, al aire libre, a cielo abierto. “Encantado de la vida”, respondió Javier a la oferta, tras lo cual pidió permiso para ir a acurrucarse en el pequeño catre del almacén y entregarse de lleno a las fauces de Morfeo.

Al otro día desayunaron bien temprano. Antes de ir en busca de Mario, Javier le regaló a Romina su cinta de Pescado rabioso, y ella iluminó el momento con una sonrisa infinita y la promesa de volver a verse en Buenos Aires para seguir investigándose: sellaron la mutua promesa con un beso que Javier y Romina recordarían siempre aunque jamás volverían a verse. Con tan hermoso juramento entre sus labios, fueron al encuentro de Mario, un hombre cuyos ojos negros adornados por pobladísimas cejas hablaban, sin trampa ni cartón, de su descendencia gallega. Había recalado en Esquel por trabajo y se había quedado por amor: su esposa y sus dos hijas pequeñas habían obrado el milagro para que el bueno de Mario consiguiera cambiar alcohol por amor. Como las despedidas tienen que ser rápidas, Javier subió de un acrobático salto a la parte trasera del camión, que estaba totalmente desnuda, pelada por completo: sólo unos frágiles postes cumplían la etérea función de impedir que cualquier carga cayera al pavimento de la carretera. Pero en esta ocasión la carga era él, que se apoltronó lo más cómodamente que pudo contra la caja del camión, arropándose con su saco de dormir y con Rayuela, que desde su primera página sentenciaba enigmáticamente que “a su manera este libro es muchos libros”, una afirmación que Javier prefirió traducir por un más fascinante todavía “a su manera la vida es muchas vidas”. Una de ellas era la que él estaba viviendo, abrigado por el tibio sol del invierno y por su propia soledad.

 

***

 

Sin tiempo que perder, porque ya eran casi las seis de la tarde y la noche no tardaría en envolverlo todo con su oscuridad, Javier se dirigió a una estación de servicio que, según le había asegurado Mario, era centro neurálgico desde el que constantemente salían camiones hacia el norte. “Si tenés suerte che –le dijo despidiéndose– por ahí alguno puede arrimarte hasta La Plata o incluso hasta Buenos Aires”.

Un camionero llamado Nelson le dijo que se dirigía a Mar del Plata, 1.100 kilómetros al norte de Puerto Madryn y distante a tan sólo 400 kilómetros de Buenos Aires. La suerte de Javier estaba de cara, porque Nelson también le ofreció trabajo. La oferta consistía en que lo llevaría sin cobrarle y le daría 40 pesos por ayudarlo a cargar y a descargar la mercadería que tenía que trasladar a Mar del Plata, cajas y más cajas de tartas galesas, especialidad gastronómica de una región colonizada por un puñado de pioneros que llegaron para levantar la Nueva Gales del Sur y terminaron fundando Trelew y Puerto Madryn. La paliza de cargar las cajas fue importante, pero en dos horas ya habían terminado la faena y estaban en marcha. Comparado con el destartalado camión de Mario, éste era un bólido supersónico. Nelson, que se hacía llamar “El Almirante”, apodo pintarrajeado con suma prolijidad en cada rincón de la cabina del camión y por los cuatro costados de su carrocería, era un muchacho de 25 años que había heredado el camión de su padre. Nelson, perdón, “El Almirante”, era una persona observadora y de carácter afable, con el que Javier se sintió realmente cómodo y, entre conversaciones que iban y carcajadas que venían, la placidez y la camaradería encontrada hicieron que el viaje pasara volando: en un abrir y cerrar de ojos ya habían llegado a Mar del Plata y descargado la empalagosa mercadería.

Javier le regaló la cinta de Serú girán y “El Almirante” un abrazo entrañable, tras lo cual se dirigió a la estación de trenes de la Ciudad Feliz, observando mientras caminaba lentamente por la escollera la inmensidad de un Océano Atlántico que atrapaba al espíritu con su voluptuosidad inexplicable. El tren que partía en apenas una hora era el Marplatense, antónimo por donde se lo mirara del tren expreso a Esquel: color gris plata por fuera, rojos asientos aterciopelados por dentro, salón–comedor… ¡las comodidades del Marplatense nada tenían que envidiarle a las del Orient Express en su época de mayor apogeo! Es cierto que el billete costaba 40 pesos, la misma cantidad de dinero que el billete a Esquel por una cuarta parte de los kilómetros a recorrer, pero a Javier le pareció que había ganado ese dinero cargando y descargando cajas con el sudor de su frente y con el dolor de su espalda y, por qué no, la última etapa de su increíble primer viaje a la soledad bien merecía un premio así de gordo.

Compró el billete con idéntica altivez que lo hacía Cary Grant en Con la muerte en los talones, y como aún faltaba un rato para la partida del tren, con las monedas que le quedaban se homenajeó con un opíparo almuerzo, argentino de los pies a la cabeza: un churrasco gigantesco con puré de papas como sólo saben hacerlo en los bares de las estaciones de tren. Se subió al Marplatense, que iba bastante vacío ya que era miércoles y su mayor trajinar de tráfico se producía los fines de semana, se sentó en el asiento y exactamente cuatro horas después Javier daba el último tarascón a su viaje iniciático terminando de leer Rayuela y bajando decididamente a salvo de las escalerillas del tren.

 

***

 

La estación de trenes de Constitución estaba como Javier la había dejado hace casi una semana, y el sabor del recuerdo le trajo a la memoria el baño en el que un amigo de lo ajeno le había robado su dinero y su carnet de identidad, convirtiendo su primer viaje en un acertijo cuya fórmula sagrada sólo pueden descubrirla los mejores alquimistas. Como si un impulso irrefrenable lo guiara, se dirigió al escenario del crimen. Rebuscó un poco en las papeleras, inspeccionó orinales e inodoros, preguntó al encargado de la limpieza hasta que en un momento dado, allá lejos y hace tiempo, consiguió divisar un trozo de plástico: era un carnet de identidad. Era el suyo, que parecía haber estado esperándolo para decirle, pícaro en su sonrisa, que muchas veces no hay más remedio que perderse para saber encontrarse.

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