Todos los vientos

TODOS LOS VIENTOS

“Desde que me cansé de buscar, encuentro. Desde que un viento se me opuso, navego con todos los vientos”.

F. Nietzsche, La gaya ciencia.

I

 

Es 10 de agosto de 1888, el calor del verano se torna casi insoportable y en el atiborrado muelle el trasiego de personas, maletas y ruidos de sirenas es constante. Pero como salida de una foto recortada por el sepia ajado de los años es posible, en medio del intenso jaleo, definir el contorno de una joven y hermosa mujer que espera la indicación de su marido para subir al barco que les llevará lejos, muy lejos de allí, a un punto desconocido del inmenso mapa de Sudamérica. Portando consigo el único equipaje disponible, el de las promesas mutuas, parten con destino a Puerto Deseado, un pueblecito perdido en la Patagonia argentina escogido tal vez por la esperanza que su nombre ofrece al azar de la última oportunidad. De la mano de la inquieta pero sin duda valiente mujer, una niña que está a punto de cumplir los cinco años pugna con el sueño para no quedarse dormida de pie. Su decepción es grande porque el espectáculo que presentía maravilloso, encontrarse por primera vez con el mar, se reduce a un poco de agua sucia jugueteando entre los cascos de los pesados barcos. Una vez instalados en el precario camarote de tercera clase, y mientras la pequeña Consuelo duerme, ahora sí, a pierna suelta, Miguel y Josefina Rey se miran ilusionados y sellan su complicidad con un delicado beso en los labios.

 

II

 

Recuerdo perfectamente, más que su intenso color azul, el silencio que desprendía el cielo ese día tan extraño del verano. El viento ponía algo de música, es cierto, pero no tenía la acostumbrada fuerza con la que azota la meseta patagónica, un inmenso desierto vacío que dobla la superficie de España y cuya población actual no llega al habitante por kilómetro cuadrado. Yo tenía diecinueve años y comenzaba la rutina de los viajes solitarios en busca de información para escribir mi primera novela. La inabarcable Patagonia había sido elegida objeto de mi deseo porque en ella se daban cita mis fantasmas, miedos y libertades más concretos: yo mismo había nacido allí. Aunque es cierto que la ciudad de Trelew sólo había sido testigo de mi nacimiento –mis padres habían decidido trasladarse a la Capital para que mi jovencísima madre pudiera matricularse en la Universidad–, todos los veranos regresábamos para pasar las vacaciones con mis abuelos, y correteando con mis primos por las desoladas calles de Trelew pasé gran parte de mi infancia y adolescencia.

Así pues, en este viaje la idea que me fascinaba era la de tomar notas y fotografías de los lugares que había visitado Enricco Malatesta en su inaudito peregrinar por la Patagonia. Anarquista italiano expulsado de todos lados, refractario y ácrata, Malatesta había llegado a la Argentina porque un camarada le había dicho que en la Patagonia había oro en grandes cantidades, y él pretendía encontrarlo lo antes posible para financiar la revolución internacional, para demostrar que había otro mundo y estaba en éste. Presuroso por llegar a los yacimientos de sus sueños, en Buenos Aires se alistó en las filas del ejército del General Roca, que en 1880 llevaba adelante su sanguinaria expedición al desierto, una tierra en realidad ocupada por numerosas tribus indígenas a las que el General Roca exterminó sin miramientos en nombre del progreso de la Nación. Pero tras desertar y dedicarse a buscar infructuosamente su codiciado oro, el pobre de Malatesta tuvo que rendirse a la evidencia de que en ese desierto sólo había viento y hambre. Tal vez precisamente por el hambre que se había visto obligado a pasar en su aventura patagónica, cuando regresó a Buenos Aires dedicó las pocas fuerzas que le quedaban a fundar el combativo gremio de los panaderos, que aún hoy continúa manteniendo en sus estatutos muchos de los principios anarquistas propuestos en su día por el apasionado anarquista italiano.

 

III

 

La travesía duró tres difíciles meses en los que no faltaron las temidas tormentas del Atlántico, los vómitos, el hambre, el hacinamiento compartido con cientos de emigrantes que buscaban en Sudamérica un destino mejor para sus familias, las escalas interminables en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires, la nostalgia que se instalaba como un hierro candente en todos los corazones presentes en aquel barco que había zarpado del puerto gallego de Vigo el 10 de agosto de 1888. Si bien Puerto Deseado no figuraba en la ruta habitual de las grandes líneas marítimas, como era el último punto de la geografía apto para cargar provisiones y tomar coraje antes de lanzarse a cruzar el temido Estrecho de Magallanes los barcos se detenían allí, motivo por el cual mucha gente recalaba en la pequeña ciudad portuaria de la costa patagónica.

Al principio la fortuna fue amable con Miguel, Josefina y Consuelo Rey. Un joven entusiasta oriundo de Lugo, soltero y de familia acomodada, les había propuesto montar juntos un almacén de ramos generales. Él financiaría el proyecto mientras que ellos se encargarían de llevar el negocio adelante. La niña se había adaptado bastante bien a la escuela en la que la habían inscrito y crecía alegre y saludable, tenían un techo bajo el que cobijarse y un plato de comida caliente todos los días. El amor hacía el resto, y los años pasaban prometiéndose eternamente felices. Pero un hecho desgraciado hizo estallar por los aires la dicha acumulada. La epidemia de fiebre amarilla que meses antes había asolado la ciudad de Buenos Aires llegó al sur del sur, y más de una tercera parte de la población de Puerto Deseado murió a causa del incontrolable mal. Entre ellos Miguel Rey, que agonizó tiritando una fiebre pestilente que lo tuvo al borde de la muerte durante diez interminables días. Josefina no pudo sobreponerse a la pérdida del hombre por el que había dejado todo atrás, su tierra, sus padres, su juventud, y jamás volvió a ser la misma. Cuenta el poeta que la vio por última vez con vida que vagaba por las calles de Puerto Deseado aferrándose al viento con las uñas. Cuando pasó la fiebre amarilla, dejando tras de sí un reguero de muertos y de muerte, el almacén de ramos generales fue puesto a la venta y Consuelo, que era el vivo retrato de su hermosa madre y había cumplido ya los veinte años, se perdió por la meseta a lomos de su brioso alazán Proudhom, que debía su nombre al veloz caballo que había salvado la vida de Enricco Malatesta cuando desertó de las filas del ejército del General Roca. En Puerto Deseado nadie más la volvió a ver.

 

IV

 

Muy claramente recuerdo el silencio del cielo azul de ese día tan extraño del verano en aquel viaje solitario a la Patagonia del viento. Yo me había sentado a descansar sobre una gran piedra a la vera de la carretera provincial –si es que a ese camino de tierra y cantos rodados era posible definir con tanta petulancia– a pocos kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia, a la que esperaba llegar antes del anochecer, y me disponía a repasar mis notas sobre el anarquista Malatesta antes de comenzar nuevamente a hacer auto-stop cuando, como si de una iluminación divina se tratara, mi mente se vio repentinamente sorprendida por la viva imagen de mi abuela contando cómo había conocido a Butch Cassidy. “Yo tenía veinte años y unas trenzas muy largas…”, comenzaba su relato una y mil veces ante el auditorio de sus doce nietos reunidos junto a la chimenea, que nunca nos cansábamos de escuchar el que considerábamos el cuento más bonito del mundo.

Una y otra vez mi abuela contaba la historia de sus amoríos con Butch Cassidy a quien quisiera escucharla, pero a decir verdad nadie prestaba demasiada atención a la veracidad de su relato. A pesar de mis insistentes preguntas adolescentes, según mi madre, mi tío Aníbal y mis tías Martha y Silvia no había por qué ofender la memoria del abuelo, que en paz descansaba, y que poco o mejor dicho nada disfrutaría si intentáramos verificar la autenticidad de los romances de juventud de su amada esposa. Pero atravesado por ese rayo de lucidez que el espíritu inesperadamente me regalaba tuve el presentimiento de que había muchas probabilidades de que, efectivamente, mi abuela hubiera mantenido una relación sentimental con Butch Cassidy. ¿Por qué no podría ser verdad que, a principios de siglo, una hermosa y joven muchacha de largas trenzas hubiera tenido una aventura, en el más amplio sentido de la palabra, con uno de los forajidos más temidos y buscados de su época? Me incorporé como poseído por el mismísimo diablo de la gran piedra en la que descansaba a la vera de la carretera provincial, viré inmediatamente el rumbo de mi viaje y pocas horas más tarde un flamante Citröen 2CV, conducido por una simpática viejecita, me dejaba en la puerta de la casa de mi abuela en la ciudad que me había visto nacer, dispuesto si hacía falta a suplicarle que me contara hasta el más mínimo detalle de aquel testimonio maravilloso que embriagaba de alegría a mis endemoniadas musas de juventud.

V

 

Procedente de su Utah natal, Butch Cassidy, bautizado en realidad Robert Leroy Parker, se había afincado en 1902 en el pequeño pueblo patagónico de Cholila, en la provincia argentina del Chubut, donde había comprado una finca de unas seis mil hectáreas de tierra con 300 vacunos, 1.500 ovinos y 28 caballos de pura sangre. Pero Butch –que tomó su nombre prestado de la marca de un arma– no había llegado como tantos otros inmigrantes atraídos por un país cuya Constitución recién aprobada declaraba abierto su territorio “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. No. El motivo de su viaje había sido mucho más elemental: escapar de la justicia norteamericana, y en especial de la célebre agencia de detectives Pinkerton. El cartel con su retrato y la inscripción “Wanted”, pegado en cada saloon del Oeste, se debía a que un par de años atrás, el 10 de septiembre de 1900, junto a Harry Longabaugh, alias Sundance Kid, y la bella pistolera Etta Place, habían asaltado el First National Bank of Winnemucca. Tras el sonado atraco, los tres integrantes de la famosa “Pandilla salvaje” se refugiaron en Cholila, donde residieron durante un par de años conviviendo en paz con los vecinos y sin ser molestados por las autoridades, desconocedoras de sus verdaderas identidades ya que se hacían llamar Santiago Ryan y Enrique Place y señora. Pero la sangre no es agua y el dinero a la larga siempre se termina, por lo que en 1905 reorganizaron la “Pandilla salvaje” y asaltaron el Banco del Sur de la provincia de Santa Cruz. Con el suculento botín huyeron a través de Puerto Montt hacia Chile, pasaron una temporada en Antofagasta, en Bolivia al parecer tuvieron negocios en una mina de plata y muchos les vieron o creyeron verles transportando armas para Pancho Villa en México, buscando oro con Wyatt Earp en Alaska, recorriendo Texas con un Ford T…

 

VI

 

Poco después de asentarse definitivamente en la colonia galesa de Trelew, situada a escasos kilómetros de la Península Valdés, mi abuela había conocido a Edward, un inmigrante galés de carácter afable y trabajador. Ella tenía veintidós años, unas trenzas muy largas y algo de dinero, unos pesos conseguidos por la venta de Proudhom, el brioso caballo con el que había llegado a la ciudad. Trelew estaba en construcción y nadie era nadie para todos, el sitio ideal para rehacer la vida de cualquiera, para que cualquiera pudiera encontrar en el viento patagónico el ungüento milagroso encargado de curar todas las heridas del alma. Mi abuela y Edward se casaron y fundaron una sólida dinastía familiar, que cuenta en la actualidad con cuatro hijos, doce nietos y cinco bisnietos.

Nada más bajar del Citröen 2CV y entrar por la puerta de su casa, mi abuela me recibió como solía hacerlo: regañándome por lo delgado que estaba, preguntándome si había comido algo y obligándome a engullir un trozo de la exquisita tarta galesa que tanta fama le había dado en la región. Sin más dilación fui al grano y le expliqué que había venido a visitarla antes de lo previsto –pensaba acabar mi solitario viaje descansando unos días junto a ella y mis primos– para que me contara, con todo lujo de detalles, su aventura de amor con Butch Cassidy. Su semblante se transformó de inmediato. Una sonrisa de oreja a oreja iluminó su rostro, el intenso cosquilleo interior que pone en marcha los mecanismos de toda memoria se activó velozmente y sin siquiera darme tiempo a terminar la porción de tarta me tomó de la mano llevándome hasta la chimenea. Sentada en su sofá preferido, y advirtiéndome que dado mi profundo interés empezaría el relato desde su punto de partida originario, mi abuela Consuelo comenzó a contarme otra vez el cuento más bonito del mundo: “Es 10 de agosto de 1888, el calor del verano se torna casi insoportable y en el atiborrado muelle el trasiego de personas, maletas y ruidos de sirenas es constante. Pero como salida de una foto recortada por el sepia ajado de los años es posible, en medio del intenso jaleo, definir el contorno de una joven y hermosa mujer…”.

 

 

Pablo Nacach, 29 de marzo de 2004

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