Cenotafio de Buenos Aires

CENOTAFIO DE BUENOS AIRES

Por Pablo Nacach


“la lluvia es tan desnuda que tiñe

de blanco las alas ensangrentadas,

es el cautiverio al fin,

la ausencia derrumbada,

–nací en mi límite–”.

 Francisco D’ Agostino (1974).

Composición tema: Buenos Aires

 

¿Qué hacé Dieguchín? ¿Cómo funciona hoy la cabeza? Así empieza mi viejo sus emails, preguntándote, o preguntándose en realidad, cómo le funciona ese día el bocho, la sabiola, el marote, el balero… ¡Qué lindas palabras tiene el argentino! ¿Hay un idioma argentino? Uf, a lo nuestro Die, que si me pongo a hablar de mi querido padre y de mi añoramado idioma, no terminamo’ más.

¡No sabés lo que me pasó!

Resulta que iba así, tan campante digamos, con esa pachorraque no arrastra los pies pero que casi –ahí te das cuenta que la velocidad media del andar porteño es altísima, está entre el trote largo y el galope corto me parece, debe ser de las velocidades medias más altas del mundo–, iba así caminando (te la hago corta), despidiéndome de algunas callecitas de Buenos Aires antes de volver a cruzar el Charco, cuando, de repente, a la vuelta de la esquina de Fitz Roy y El Salvador, al ladito nomás del glorioso “Nicolás Avellaneda” donde hicimos el secundario, me topo con un negocio medio raro, medio escondido, parecía sacado de las Aguafuertes porteñas de Arlt: una vidriera llena de polvo con la mercadería expuesta de manera desordenada; un letrero antiquísimo y sucísimo que rezaba –que suplicaba– “Artículos de librería y papelería: liquidación total por final de stock”; un gato despanzurrado tomando el sol entre un florero y un revoltijo de libros (el que se veía era El infierno de Barbusse); y abriendo tímidamente la puerta, una mujer mayor en alpargatas y con el mandil de cocinar puesto al costado del mostrador.

Como te imaginarás, raudo entré al local, hipno–magnetizado por ese ambiente familiar, por ese sabor a infancia vieja más iluminada que luminosa, anciana institución de Buenos Aires, y ¿qué veo?

¡Veo una pila de cuadernos Rivadavia!

Sí, los cuadernos amarillos de tapa dura que usábamos en la escuela primaria y que había que forrar con papel araña verde o azul. ¿Te acordás que no se podía escribir en los márgenes? Fue lo primero que me vino a la memoria cuando los vi: esa obsesiva prohibición a escribir en los márgenes de la hoja, esa obligación a la extrema prolijidad tan dictatorial, tan Paz y Administración en el fondo.

Obvio que me compré un par de ellos, y es así que desde un auténtico cuaderno Rivadavia (todavía sin forrar, ¿verde o azul?) te escribo, Dieguchín querido, esta suerte de digresión precipitada, este deshilachado monólogo interior compartido, transpirada actualización de sensaciones porteñas que di en intitular Cenotafio de Buenos Aires.

 

Significantes porteños

 

Siempre me pareció extraordinaria la manera en la que Christian, por ejemplo, enlazaba acontecimientos para construir hechos sociológicos: un suceso al parecer irrelevante por acá, una metáfora que sí, que podría decir algo por allá, un símbolo suficientemente sólido por acullá y ¡zas!, lista para servir a la mesa de la reflexión teníamos una anécdota que, como decía Horacio González, es el verdadero dato sociológico.

En la anécdota está el dato sociológico: he aquí un método de trabajo, una metodología de investigación, un modo de interpretar la realidad válido. Le oí a Horacio proferir esta sentencia teórica –que para él podría haber sido incluso un chascarrilo– en el 94, y desde entonces no hago más que pensar que es ésta la semilla de una crítica de la sociología pura real.

Recuerdo especialmente en este sentido el examen que, por ejemplo, hacía Christian Ferrer en sus clases del famoso “Déme dos”, esa muletilla, ese tic nervioso de nuevo rico que fue la fórmula encontrada por la clase media argentina de los años ochenta a la hora de hacer sus compras en Miami. Y esa fórmula de comprar dos cosas de cada en la Era de la Plata Dulce en Miami o en Dolores o en Berazategui también –“En Europa no se consigue” podía agregarse– la desprendía Christian del reparto de juguetes que hacía Evita en las villas miseria. Porque al parecer Evita no regalaba uno sino dos juguetes –dos camioncitos o dos muñecas– a cada chico o chica de la villa.

Otro ejemplo que a mí me gusta siempre invocar es el de los cordones de la vereda de la calle Montes de Oca de la Boca: son gigantescos. Tendrán como dos metros de alto, aunque cuando yo los conocí ma’ que dos metros, debían medir como dos kilómetros. Claro, tenía nueve años y me resultaba rarísimo ver tan altos unos cordones de la vereda, que habían sido fabricados así para que cuando se desbordara el Riachuelo, el agua inundara las calles pero no las veredas. Mi asociación preferida es pensar que así son los escalones de la escalera argentina: tan gigantescos que uno tarda años en subir cada peldaño.

Esto de los símbolos y las metáforas –las anécdotas– que explican la realidad casi mejor que la realidad misma, este método de trabajo fabuloso que me enseñó sin pretenderlo Horacio González, lo pensaba también porque antes de embarcar me agarró la loca de subir a la terraza de Ezeiza para ver un rato el despegue y el aterrizaje de los aviones, como hacíamos cada tanto con mi viejo y mis hermanas en Aeroparque cuando éramos chicos, en la parte del aeropuerto que da a la Costanera y al Río, que te apostabas con una heladerita llena de sándwiches, sandía y Coca Colas y podías pasar ahí la mejor tarde de tu vida.

Entonces, mirando la pista del aeropuerto de Ezeiza me dio la sensación de que era ésta una sola pista, una única y larguísima pista de despegue y aterrizaje, tal vez como la Avenida Rivadavia –¡la calle más larga del mundo!–. Y me dio la impresión de que la pista de Ezeiza era como una especie de estilete, era como una suerte de facón traicionero anudado bajo el poncho de la Pampa que se metía, que se hundía en la Pampa y en el resto del país, o que salía del resto del país y de la Pampa hacia fuera, sea afuera lo que fuere, o que en realidad más bien se metía y salía de la Pampa y del resto del país a la vez, llevando y trayendo migrantes e inmigrantes del “Provence” o del último Boeing 747, importaciones y exportaciones, balanzas comerciales y de pago, armas de tráfico y tropas de Granaderos a Caballo, Onas y Ranqueles, tiñendo en todo caso y en cada historia el verde inmaculado de la Pampa de sangre y tierra.

Creo que, al observar la univocidad de la pista de Ezeiza desde las alturas de la terraza, mi pensamiento iba dirigido a reflexionar, una vez más, sobre la incidencia que aún tiene la Pampa sobre Buenos Aires y, por regla de tres no tan simple, el tormento que propina Buenos Aires a la Argentina.

(Entre paréntesis, Die, ¿vos sabés cómo se hace para que el porteñazgo este que tenemos tan metido adentro nos permita diferenciar Buenos Aires de Argentina? Yo noto que sigo refiriéndome al todo Argentina como la parte Buenos Aires. Es de locos, che…).

La relación Buenos Aires–Pampa–Argentina (y triceversa) es fascinante, y es dolorosa: como vos bien sabés, me alucina la forma en que la trata Martínez Estrada. Porque hay que tratar esta relación triádica con la delicadeza del meticuloso cirujano, del relojero escrupuloso o del concentrado desactivador de explosivos si uno pretende sobrevivir y que la bomba “Argentina” no le explote en las manos.

Entre otras cosas, yo creo que este incesante e incestuoso ménage à trois es el que me hace volver y (re)volver a los que empezaron todo, a los que empezaron algo: Sarmiento, Lucio V. Mansilla, Güiraldes, B. Lynch, G. E. Hudson… Aunque también sospecho que a estos monstruos los leo para mantener vivo en mí el argentino, che: tengo un bien fundado temor a ir olvidando el idioma.

¡Rajá, turrito, rajá!

 

Significados argentinos

 

Señores, saquen una hoja, guarden todos los útiles abajo del banco, no quiero ver nada sobre el pupitre, escriban: Prueba de Lengua, Composición tema: la vaca. La vaca nos da la leche. La vaca es un animal/todo forrado de cuero (lará, lará, lará).

¡La vaca! ¡Ese sí que es un problema argentino!

Te preguntarás a santo de qué meto a la pobre vaca en el bolonqui, y te responderé que la vaca viene a cuento porque hace unos días, bajando por la madrileña calle de Ave María hacia Lavapiés, escucho que un flaco le dice a otro, en el más auténtico argentino: “¡¿Y qué mierda querés que pase en un país que tiene más vacas que gente?!”. ¡No sabés cómo me reí! Ese mismo día busqué la info en Internet y el pibe tenía razón, che: según datos del último Censo Nacional Agropecuario, en Argentina pastan 48.539.411 cabezas de ganado; y según datos del último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas, en Argentina viven 36.260.130 cabezas de personas.

¿Cómo era que decía Celine en su Viaje al fin de la noche? Creo que algo así decía, en los años de nuestras vacas gordas: “La industria de la carne argentina tenía las proporciones de una fuerza de la naturaleza. ¡Bien se aprovechó Musyne de esos días mercantiles! E hizo bien, los argentinos ya no existen…”.

Pero volviendo un segundito nomás al tema del vínculo sociológico anécdota–suceso–metáfora–símbolo–realidad–etc.–etc., decir, escribir que esta metodología de pensamiento y de trabajo incluye, debeincluir también el retorno de lo imaginario reprimido, como diría mi querido Jesús Ibáñez de la mano de los estructuralistas. Y en eso soy estructuralista, Die, porque estoy convencido de que siempre vuelve, de que lo queramos o no, lo busquemos o no, siempre retorna un dejo de la cosa que ha sido, en general, expulsada, silenciada: exterminada. Qué hace cada sociedad para apropiarse de ese fantasma ayuda a definir sobre qué cimientos dicha sociedad construye su (i)realidad.

Me nutro nuevamente de Christian, que al respecto solía poner dos ejemplos de fantasmas que regresan a traernos a los “próceres” que fueron de carne y hueso. El primero era el del General Roca. El General Julio A. Roca, si se quiere el verdadero fundador del Estado argentino, se dedicó a exterminar a todos los indios que encontró a su paso en su expedición a un Desierto que nada tenía de desierto pues en él habitaban varias y diversas tribus indígenas. Además de en la calle diagonal que lleva su nombre ¿dónde está Roca hoy? ¡En los billetes de 100 pesos está Julio Argentino hoy!

El segundo ejemplo que citaba Christian era el de Errico Malatesta, el anarquista italiano que a finales del XIX vivió en Argentina y participó en la lucha y en la redacción de los estatutos de la “Sociedad cosmopolita de resistencia y colocación de obreros panaderos”. Según parece, el pobre Errico no lo pasó demasiado bien –y, Die, si lo que querés es encontrar oro en la Patagonia para financiar la revolución mundial, muchas probabilidades de éxito no tenés–, pero en los estatutos de los panaderos dejó la impronta de su militancia anticlerical y contrasocial característica, y hoy Malatesta vive en nosotros en los bollos y facturas, que conservan los nombres con que entonces fueron bautizadas: Sacramento, Vigilante, Suspiro de monja, Bola de fraile…

Recuerdo que con estos dos ejemplos, el del criminal Julio A. Roca y el de mi querido Errico Malatesta, más otros dos ejemplos que les sumé, construí un discurso de fin de año en el “Nicolás Avellaneda”, cuando daba clases ahí en el ‘94, o mejor dicho, cuando ahí hacía el secundario por segunda vez.

En el discurso, que si no me falla la memoria se titulaba como el texto de Deleuze de Lógica del sentido, “Porcelana y volcán”, me dio por comparar la adolescencia con la Patagonia: ambas un desierto de viento. Metí entonces en el mismo saco a Roca y su “Expedición al desierto”; metí a Malatesta, porque como te decía el internacionalista italiano había estado en la Patagonia buscando oro para financiar la revolución mundial; y también incorporé a las colonias galesas que se instalaron a finales del XIX en Trelew,  por un lado, y por el otro a Orélie Antoine de Tounens, un francés medio pirado che, que se autoproclamó Rey de Araucanía y Patagonia en 1860.

La cuestión, la conclusión a mi diatriba de líneas anteriores es que yo aseguraba en ese discurso, que si lo leyera hoy seguramente desprendería un sabor a petulancia nietzscheana casi divertida, que los fantasmas siempre volvían: regresaba Roca en forma de dinero, Malatesta en forma de facturas, también en lo dulce de sus típicas tartas volvían al hoy las colonias galesas, y regresaba Orélie Antoine en forma de reclamo de sus herederos, cuando en 1982, durante la Guerra de Malvinas, intentaron abordar un pedrusco perdido en los Mares del Sur en nombre del Reino de Araucanía y Patagonia.

Círculos concéntricos o conjunto vacío, laberintos en líneas rectas incesantes, infinitas o casas tomadas, lo cierto es que este anecdótico resumen argentino, en el que quise limitarme a llenar los agujeros de un tablero metodológico con las bolitas de la realidad misma, viene a cuento porque el otro día leía una noticia que confirmaba la plena vigencia de este modelo interpretativo que va de la anécdota al funcionamiento general de la sociedad, y daba alas a la sensación de que la realidad misma es una fantasmagoría vacía.

La reseña contaba, en un tono más de suceso que de política, que se había rescatado una parte de la histórica colección de joyas de Evita. En efecto, en la ciudad de Milán, y en el marco de una acción conjunta entre los Carabinieri y la Guardia Civil, había sido descubierta una banda que, adoptando la apariencia de unos millonarios jeques árabes, había engañado a una joyera de Valencia con un cuento del tío –conocido como “el timo del escritorio” o rip deal–. La colección de joyas rescatada estaba valorada en 6 millones de euros, y se encontraba en ella una tiara de diamantes que le regalara el rey de Holanda a la “Abanderada de los humildes”.

Sinceramente, era un poco divertida la anécdota: unos jetones disfrazados de jeques, un timo conocidísimo que te permite robar unas joyas tan valiosas, una megaoperación policial para rescatarlas… Incluso la nota periodística podría haberse titulado “Volveré y seré millones”, ¿no?

Ahora bien, que diría un académico de los serios: todo esto me recordó las peripecias pasadas por otros famosos cadáveres de la historia argentina, empezando con el cadáver de la propia Evita, que fue robado en extrañas circunstancias y estuvo dando vueltas por quién sabe qué poco asépticas salas mortuorias del mundo durante más de quince años. Aunque a decir verdad, la imagen que yo tengo del cadáver de Evita es cuando la subieron al coche ese descapotable para que saludara por última vez a sus “Descamisados”, y el vestido tenía una armazón de madera para que pudiera tenerse en pie.

En cualquier caso, que diría un escritor de los serios: este robo, el del cadáver de Evita que no duda en reaparecer maquinal, fantasmalmente otra vez, y más de cincuenta años después del suceso, adoptando la apariencia de sus joyas, me recordó a su vez el robo de las manos de Perón en 1987. Las manos del “Pocho” son los objetos más valiosos de su cuerpo, atendiendo a la iconografía que lo sitúa siempre en el balcón de la Casa Rosada, saludando al pueblo argentino.

El cuerpo embalsamado de Evita dando vueltas por el mundo, y las manos de Perón adornando alguna biblioteca erudita, regresan en forma de joyas o de lenguaje político. Son así cuerpos vivos que dejaron huérfanas sus propias sepulturas; constituyen de este modo “monumentos funerarios en los cuales no está el cadáver del personaje a quien se dedica”; se convierten entonces en animales (¿pre? ¿post?) históricos cincelados por la imaginación popular sin límites, que bien harían en aceptar el nombre de Cenotafios.

 

Calles personales

 

No sé si a vos te pasará igual, Die, pero cuando me pongo a pensar en Buenos Aires no puedo hacer otra cosa que (re)pararme en sus calles. Yo creo que toda ciudad es sus calles, pero más si cabe Buenos Aires, ¿no? Y tal vez calle a calle la ciudad se convierte en un inmenso camposanto, como sugería ese extraordinario graffiti que supo habitar una pared del Cementerio de la Chacarita, que decía: “Esta ciudad es el cementerio de todos. Dejemos que en paz sueñen que viven”.

Seguramente, en esta sensación personal de que Buenos Aires es más que nada sus calles hayan influido Arlt y el ir y venir de Balder por la estación de Retiro en El amor brujo, los poemas de Borges en Fervor de Buenos Aires, la “mañana templada y riente” de Marechal en Adán Buenosayres, y sobre todo las historias de la familia de la calle Humboldt de Cortázar en Cronopios (no olvidemos además que Humboldt fue mía también, porque es la calle que comunica el colegio “Nicolás Avellaneda” con los bondis de Pacífico y el subte D, así que transité la calle Humboldt todos los días dos veces por día… ¡durante diez años!). Probablemente, también esta impresión me la hayan transmitido Dickens, Mumford, Benjamin, Simmel, el Marx de El Dieciocho Brumario, Luis Martín–Santos, Musil…

Aunque en realidad no tengo tantas dudas al respecto: fueron las calles mismas de Buenos Aires las que me contagiaron la idea de que no se puede habitar una ciudad –es decir, pensarla, hablarla, escribirla: soñarla– sin ponerse a contar (con) sus calles.

Cada vez que sueño Buenos Aires, una de las primeras cosas que me viene a la cabeza es nuestra época en la Universidad, la locura de tener mil trabajos y encima ir a la facultad, a esa antigua Maternidad reconvertida en Templo del Saber situada en Marcelo T. de Alvear, 2230. ¡Nada más acordarme de los pasillos atiborrados de gente a las diez, incluso a las once de la noche, me pone los pelos de punta! ¿Cómo podíamos pensar ahí?

En esa época yo tenía mi Renault 4 e iba de acá para allá, solo como loco malo que diría Gus, por las calles de Buenos Aires, escuchando cada mañana en la Rock&Pop a Lalo Mir y su increíble “Buenos Aires, Buenos Aires, Buenos Aires: una divina comedia”.

Así, patear las calles de Buenos Aires es el concepto, es la idea, es el motivo y es el lugar por el cual las calles de Buenos Aires entran en nosotros: por las patas. O para ser más honestos con la realidad, Buenos Aires nos entra por los neumáticos de los coches o de los colectivos: el neumático es tentáculo que hoy palpa el asfalto como el pie lo hacía ayer con la tierra.

Con Marcos y Claudio, que eran taxistas, nos habíamos inventado un juego buenísimo, tendríamos que haberlo patentado, che: cuando nos aburríamos en las clases de la Facu, lo que por desgracia ocurría con bastante frecuencia, nos poníamos a trazar el recorrido más rápido desde un punto a otro de la ciudad. Por ejemplo, uno proponía: de Acoyte y Rivadavia a Puente Saavedra, a las tres de la tarde de un jueves. Entonces había que planificar el recorrido más rápido, que no siempre era el más corto, claro, porque era preciso tener muy en cuenta los embotellamientos de determinadas horas, las manifestaciones estandarizadas, la onda verde de los semáforos… ¡hasta los baches había que tener en cuenta! Si nos hubiéramos avivado, en la Era del Atari en la que entonces vivíamos podríamos habernos inventado la Play Station con ese juego…

¡Éramos un callejero implacable, un GPS de última generación, una auténtica Guía Filcar personalizada!

Yo creo que esa manía o ese espacio lúdico personal o esa conciencia de la practicidad de la que intento hacer gala en Madrid, de ir hacia donde tengo que ir agarrando el camino más plano, que tampoco es necesariamente el más corto pero si el que menos cansa (dada la gran cantidad de subidas y bajadas de la Villa), esa manía niveladora, digo, me viene de ese juego que jugábamos con Marcos y Claudio cuando nos aburríamos en la facultad.

Pensándolo ahora, Buenos Aires tiene también una suerte de manía obsesiva compulsiva con los números de las calles, de los edificios, con las direcciones exactas, ¿no? Ernesto Laclau le dedicó un libro a la Facultad de Filosofía, a la calle y su número (creo que era la dirección de Viamonte al 400), y acordarse de memoria las direcciones postales es todo un clásico: la escuela primaria a la que fuimos, la “República de Cuba”, estaba en la calle Costa Rica, 4942 (¡entre Thames y Uriarte, agregábamos!); el secundario, el glorioso “Nicolás Avellaneda”, en El Salvador, 5528; la Facu ya lo dijimos, en Marcelo T. de Alvear, 2230; mis hogares dulces hogares en Cabildo, 219, Paraguay, 5529…

¿Será que esta memoria direccional sustituye, de alguna manera, a las fechas patrias? ¿O será más bien resabio, coletazo de esa obsesión memorizadora de los grandes acontecimientos patrios que nos metieron de chiquitos a todas las generaciones argentinas? Esa obsesión sin sentido por saber la letra y la música de los miles de himnos patrios, esa terrible esquizofrenia de contar los muertos sin comprobar antes la existencia de sus cadáveres…

Batalla de Chacabuco: Chile, 12 de febrero de 1817; muerte del General San Martín: Boulogne–Sur–Mer, 17 de agosto de 1850; debut de Maradona en primera división: 20 de octubre de 1976 contra Talleres de Córdoba (caño a Cabrera incluido). Himno a las Malvinas: “Tras su manto de neblinas/no las hemos de olvidar/¡Las Malvinas, Argentinas!/clama el viento y ruge el mar”.

Es como el chiste de Mafalda, cuando la pobre se preguntaba, midiéndose la circunferencia de la cabeza, si todo lo que iban a enseñarle en la escuela entraría allí.

¡El saber no ocupa lugar, Mafaldita!

(Y la letra con sangre entra…).

 

Buenos Aires propiamente dicha

 

Si el graffiti del Cementerio de la Chacarita sirve para ilustrar la sensación de prisión que, calle a calle, va construyendo para sí misma Buenos Aires –como sabés, de ahí saqué el concepto “Carcépolis” que empleo en Barcelona–Madrid. Sobrevivir a la ciudad–, recuerdo especialmente otro graffiti –¡otra anécdota!– que ya hubieran querido inventar Chomsky o Lacan. Habitaba una pared cualquiera del barrio de San Telmo, y decía: “El lenguaje es una jaula”.

Para vos, Die, que vivís en Londres, el tema del lenguaje debe ser interesante de un modo diferente al que lo es para mí. Porque yo voy olvidando muchas palabras argentinas, y cuando vos hablás o escribís noto que tus palabras argentinas son las que se nos instalaban a fuego a partir de los años ochenta: con el comienzo de las lecturas en esa yerra sin vuelta de hoja que es aprender a leer bien, con el diálogo puesto en marcha con los amigos en el café que aún vivía y coleaba, con el monólogo entablado con Cortázar cuando Cortázar todavía no tenía plaza. Así es entonces que vos decís “loco”, decís “mango”, decís “fiaca”; incluso el otro día me escribías “en la Copa América voy a cinchar por Brasil”, y yo pensaba: ese cinchar viene de la cincha con la que se ata la montura o el recado a la tripa del caballo, ese cinchar significa “apretar o ajustar”.

Claro, seguramente tu lenguaje se haya quedado en esos años porque en la adolescencia, pienso yo, es cuando se forja el espíritu de las palabras, donde se une la tradición con la novedad que supone empezar a hablar de verdad. En todo caso, vos no perdés las palabras argentinas, aunque se te queden viejas. Yo, en cambio, lucho por recordarlas, por traerlas a la mesa y a la estilográfica, y de ahí también mi predilección por la literatura de Sarmiento o de Lucio V. Mansilla que te contaba hace un par de líneas, quizás.

(Paréntesis obligado para decir que los gestos son un idioma argentino que no es complementario ni mucho menos, sino que es idioma en sí mismo. Eva me decía el otro día que le encantaba ese gesto que hacemos con la mano bajo la papada, como si nos rascáramos con la parte de arriba de la mano, un par de veces. “¡Es difícil hacerlo!”, me decía por teléfono. Es un gesto que dice “No tengo ni idea”, y lo dice mejor que las palabras. Eva me contaba que se sentaba en un banco de la Plaza Las Heras a mirar pasar a la gente y cuando había dos o más personas hablando, lo del movimiento de manos y brazos era para ella como una atracción de feria. “¡Movéis los bracitos como si fuerais bebés!”, decía también, y me entraba la risa porque es cierto. A Marcela siempre le digo que si no tuviera sus manos para moverlas no podría siquiera pensar…).

Ya que invoco a Marcela, el otro día era ella la que me decía una expresión que tenía olvidadísima: “Sobre el pucho te digo que esto y lo otro…” me dijo, y me dio un ataque de envidia nada sana que Marce siguiera usando la expresión “sobre el pucho”. Lo más grave para mí, a nivel lingüístico, es que en Madrid no uso la palabra “che”, y te juro Die que para que no se me oxidara más de una vez la usé frente al espejo, en soliloquios porteños que no tenían desperdicio. Te diría que es la palabra que más extraño: el “che” es una coma que nunca queda mal parada, es bastón de dandi que jamás se rinde a la muletilla, es una palabra que no sabemos que usamos hasta que la dejamos de usar, che.

“El inconsciente está estructurado como un lenguaje”, decía el inconsciente de Lacan, y pensaba en esta enigmática sentencia cuando, con la Parker entre mis dientes y el gesto adusto del intelectual comprometido, recordaba el consejo que me había dado una piba muy inteligente el día que leyó un texto mío nada más llegar yo a Barcelona, un día D del siglo pasado. La piba relojeó mis 25 añitos porteños y me espetó: “En Catalunya un árbol es un árbol; no es un lugar donde anidan los pájaros, donde crecen flores y frutos, con una raíz que conecta al tronco con la realidad, con una copa que sube al cielo de Oliverio Girondo, etc., etc.”. Diatribaba para que un servidor dejara de incorporar adjetivos a un texto que debía ser simple, y para ello… ¡tenía que hacer el tremendo esfuerzo de dejar atrás, en menos de lo que canta un gallo, siglos de idiosincrasia porteña!

¡Mi reino por escribir un solo párrafo como Macedonio Fernández!

A veces pienso que para reconocer en la idiosincrasia de un pueblo –¿acabo de escribir la palabra “pueblo”?– la influencia que otros puedan haber ejercido, no hay más que preguntar cómo se dice la “trabajo” en slang, en el idioma de la calle. En Argentina se dice “laburo”: es ahí donde creo yo que, a pesar del reparto desigual que puedan haber tenido inmigrantes italianos y españoles, en definitiva fueron los tanos los que vencieron en la batalla de la influencia lingüística general de Argentina: Sofía Loren le ganó a Bernarda Alba.

Con el tema de los insultos sucede algo parecido, y a través de ellos se puede apreciar la estructura del inconsciente colectivo de la que hablaba Lacan –o, mejor dicho, a la que estoy forzando a hablar a Lacan–.

En Madrid, en Barcelona y en el resto del territorio los insultos se vinculan, diría yo exagerando para fijar la idea, mucho más con Dios y con los muertos que con otros protagonistas: se dice hostia, me cago en Dios, me cago en tus muertos… En Argentina, sin embargo, también nos hemos decantado por los insultos más bien italianos, los que involucran a la madre, a las hermanas, a la familia: siempre creí que mandar a alguien “a la concha de su madre” es conminarlo furiosamente a regresar a la vagina de su progenitora, porque está claro que hubiera sido mejor que, de ahí, no hubiera salido jamás.

O lo que es lo mismo, Dieguchín: que hubiera nacido cadáver.

 

 

Estamos en el aire

 

El avión ha iniciado su descenso y me encuentro pues bajando de las alturas de un espacio que no es ciber y tampoco es ni aquí ni allí, tú: mero tránsito en suspensión. Resulta algo extraño terminar de escribir esta semblanza de Buenos Aires sin haber tenido a mano libros para consultar: poder recurrir sólo a la memoria de lo leído –de lo vivido– a la hora de realzar un comentario, profundizar una idea personal o desarrollar una reflexión de Otro, se me ha antojado un ejercicio tan olvidado como interesante. Y está bien así y ahora: muchas veces los libros son más telón y parapeto que trinchera preparada para el asalto final.

Sin embargo, más extraño aún que escribir sin libros me ha resultado hacerlo a mano con mi vieja estilográfica Parker, que tantas servilletas de bar garabateó allá lejos y tiempo atrás, con esta letra puntiaguda que intenta imitar a la de mi padre, y en lo único en que se parecen es en que ambas resultan prácticamente ilegibles. ¡Es otra velocidad de pensamiento! Además, al no poder borrar ni cortar ni pegar ni tachar, lo que está escrito, escrito ha quedado, desde las palabras a la estructura del texto. ¡Y para más inri, este cuaderno Rivadavia en el que escribo se puede perder porque no tiene copia.doc ni bandeja de enviados donde volver a recuperarlo!

Mira tú por dónde, me doy cuenta de que, tras la licencia que me he tomado en las páginas precedentes, para despedir este peñasco, este Aconcagua de sempiterno rumiar sobre el lenguaje, la soledad y la sociedad, he comenzado a escribir en el híbrido y particular lenguaje–idioma–léxico–etc.–etc. que no es de aquí ni de allí –que no es de acá ni de allá–, y que a su vez pertenece ya a las dos orillas del Charco, y a ambas riberas de mi cabeza. En este lenguaje es que hoy escribo, cuando no escribo como ayer.

Y es un tercer lenguaje, Die, como quizás sea un tercer país en el que residimos: es este avión que surca el espacio la cédula de nuestra habitabilidad.

 

 

 

A Diego Luis Iudicissa, resumen porteño.

 

 

 

 

 

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