Stirner y su propiedad

Reseña publicada en el Babelia de El País, 20 de abril de 2013

 

STIRNER Y SU PROPIEDAD

 Escritos menores, de Max Stirner.

Pepitas de Calabaza Ed., Logroño, abril de 2013 (197 páginas).

 Por Pablo Nacach

Sin prisa pero sin pausa, la editorial Pepitas de Calabaza continúa sembrando en el desierto libros extraordinarios como éste, una suerte de apuntes garabateados en servilletas de bar o en azulejos de baños públicos, escritos nada menores reunidos para completar la breve pero incisiva obra completa de Max Stirner, una de las cabezas de tormenta más brillantes y olvidadas que ha dado la Humanidad.

Nacido Johann Kaspar Schmidt en 1806, apodado “hombre de frente prominente” (Stirner) por Engels, con quien compartía veladas filosóficas y etílicas en los prerrevolucionarios años 40, la señal más inequívoca de la peligrosidad del pensamiento de Stirner nos la ofrece el trato privilegiado que a su solitario libro de 1844, El único y su propiedad, le otorgan Marx y Engels dos años después en La ideología alemana (inédita hasta 1932 y por tanto desconocida para él). En efecto, el capítulo tercero, “San Max”, no es otra cosa que un intento nervioso, ¿y vano?, de ahogar el “jubiloso grito crítico” de un libro que entiende la conquista del propio cuerpo como única propiedad posible, que remite a la negación pura y dura de Dios, el Estado, el Papa o la Patria, considerándolas ideas obsesivas o alucinaciones de las que es menester liberarse, ya.

Porque el metafísico del anarquismo (como dice Christian Ferrer en alguna parte) prefiere no creer antes que creer en la Nada, y así nos lo hace saber también en estos Escritos menores. Acompañados de un estupendo prólogo de su traductor, Luis Andrés Bredlow, podemos disfrutar de cómo Stirner se despacha a gusto contra sus recensores (¡entre los que ahora me hallo!), magnífica introducción a su vez para acercarse cuanto antes a El único y su propiedad; o reflexionar sobre la diferencia entre la igualdad con los demás y con uno mismo presente en “El falso principio de nuestra educación” (que por cierto le encargara Marx para el Rheinische Zeitung); o acertar a tirar de la manta y de los dardos venenosos que lanza contra el Imperio y el Estado, contra la deficiencia del sistema industrial, el arte, la religión y el desocupado lector.

 

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