De la mano de Spinoza

 

De la mano de Spinoza

 

La herida de Spinoza. Felicidad y política en la vida posmoderna, de Vicente Serrano. Anagrama, Barcelona, 2011 (217 páginas. Premio Anagrama de Ensayo).

 

Todo buen libro es un hogar, cada portada un cartel de bienvenida, el título cédula de habitabilidad: que la palabra “Spinoza” esté bordada en el felpudo de entrada al texto que nos ocupa constituye una fantástica noticia, digna de ser celebrada.

De la mano del gigantesco autor de la Ética, apoyándose también en Hume, Kant, el joven Marx o el viejo Foucault (y olvidando incomprensiblemente a Deleuze), en La herida de Spinoza Vicente Serrano ha querido elaborar un tratado sobre la felicidad, la política y otras yerbas antiguas, modernas, posmodernas y por venir.

En ocasiones complejo, en otras complicado, por momentos algo repetitivo, pero siempre exhaustivo e intenso, en sus páginas comenzamos por asistir al combate teórico entre la causalidad de Serrano y la neurobiología de su admirado Antonio Damasio, quien al parecer no ha conseguido cicatrizar la herida que suele producir la lectura de Spinoza, a saber, “que no hay felicidad humana sin el reconocimiento de la limitación”. Porque en la interpretación que Serrano hace de Spinoza, sin el reconocimiento de la limitación es la “impotencia de la omnipotencia” la que toma, como en efecto sucede aquí y ahora, el control general de las operaciones, convirtiendo el discurso en palabrerío y la vida en cárcel de máxima seguridad.

¿No nos une el amor sino el espanto? Esta borgeana expresión podría subyacer a las conclusiones del autor, que vincula los elementos principales de la cadena de mandos de lo social –el odio, el resentimiento, el terror y la guerra– revelando la presencia de una vampírica “estructura sin nombre” que trasciende ideologías y religiones, y que nos inyecta tristeza a cambio de chuparnos la voluntad.

Es posible sentirse más o menos cerca de las interpretaciones esbozadas en este libro, pero lo cierto es que incorporar al ¿debate? a Spinoza supone una valentía inesperada, una feliz iniciativa que confirma la plena vigencia de un pensamiento visceral, capaz por méritos propios de ayudarnos a revolucionar este presente tan cerrado que no para de sangrar.

 

 

Pablo Nacach, Madrid, mayo de 2011.

 

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